RANICIDIO

CONFIESO QUE DE INMEDIATO, AL LEER EL TÍTULO, ME ATRÁPÓ, TODAVÍA SIN SABER QUIÉN ERA SU AUTOR, Y, QUISE CONOCER EL TEXTO: GENIAL, Y, A LA VEZ MUY SENSIBLE PARA QUIENES COMO YO AMAMOS LOS ANIMALES…

Escrito por José Aurelio Paz
Categoría: El marcapasos
Publicado: 23 Julio 2017

Al otro día del aguacero grande la encontré así, en esa posición, desnuda, inmóvil… fría como una rana. Abandonada a su destino. Sin policías ni forenses que investigaran un posible accidente, un crimen o una violación; si homicidio o suicidio. Pero estaba allí, desolada, con golpes en su cuerpo y las manos levantadas como diciendo: “¡Por qué me han hecho esto!”

Quise pensar, entonces, que había muerto de susto por el inesperado parto de las nubes, porque la sequía ya nos ha robado hasta su croar después de los aguaceros y esos fríos saltos, y sobresaltos, cuando, desde un charquito, queriéndonos saludar nos dan un susto.

¿Sería obra de un ranofóbico? Ella, ¿la última de su especie en estas calles mojadas solo por los salideros? ¿O el fantasma de Frida Kahlo, diciéndonos desde ese cuerpo frío: “¿Se pueden inventar los verbos? Quiero decirte uno: Yo te cielo”? Simplemente pensé: “A esta se le fue la olla”, y me acordé del síndrome de la rana hervida.

Plantea la teoría que si se echa una rana en un recipiente donde haya agua hirviendo, inmediatamente salta hacia afuera y consigue escapar. Pero si, en cambio, la colocamos dentro cuando el agua está a temperatura ambiente y comenzamos a darle fuego al recipiente, ella se va acomodando al nuevo temple y acaba por morir hervida sin que se dé cuenta.

Oliver Clerc, el escritor y filósofo francés, trató de traducir al lenguaje simple y comprensible esta valiosa enseñanza aplicable a diversos contextos. Al punto que Al Gore, vicepresidente de Estados Unidos durante el gobierno de Bill Clinton, para referirse a la degradación del planeta y a un posible cambio climático irreversible, la incluyó en su documental Una verdad incómoda (que debiera proyectársele, ahora, a Donald Trump, cuando ha dicho que este fenómeno es un “invento chino” y retiró a su país del Acuerdo de París).

Pero yo quiero acercarla a nuestra vida cotidiana, esa que corre a diario por estas calles no como quisiéramos que corriera la lluvia, arrastrando lo sucio. Hablo de ese efecto acumulativo de pequeños malestares, a ese silencio paralizante y cómplice ante lo mal hecho, venga de un funcionario o de un ciudadano común, que nos hace perder la vitalidad propia.

Aludo a la toxicidad y a la contaminación de desganos cuando la gente expresa: “Para qué voy a decir algo si todo va a seguir igual”, abulia que viaja desde la relación de pareja y familia hasta la inercia burocrática sufrida en muchos sectores de nuestra sociedad; cambios para mal que nos desdibujan, de manera imperceptible, esas grandes hazañas patrióticas protagonizadas. Moraleja: si te quedas dentro del problema sin hacer nada, sencillamente te acomodas a él. Si saltas y lo ves desde otra perspectiva, quizás puedas modificarlo.

Confieso que la vi allí, que me dio pena aquella rana, tal vez asesinada hasta por un niño, tan desnuda y sin pudor. Quise besarla a ver si obraba el milagro de resucitarla princesa. Me di cuenta, en ese momento, que era yo un viejo y no un príncipe, y mi conjuro serviría de poco, aunque hizo saltar, de mi olla, este latido.

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