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8 de Marzo del 2017 12:51:19 CDT
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AUNQUE PUBLICADO CON FECHA DE AYER, HOY, 8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER ES VÁLIDO INSERTAR EN ESTE BLOG, EL SIGUIENTE

Aileen Infante Vigil-Escalera
digital@juventudrebelde.cu

A través de la historia, varias han sido las teorías y posiciones sobre el rol de las mujeres en el hogar, en el trabajo, en la sociedad. La mayoría de estas visiones las concibe a ellas como seres privilegiados para expresar sus sentimientos, comunicarse y dar amor, atención y cuidados a su familia, aun al precio de subordinar sus sentimientos y necesidades a los demás.

Asimismo, algunos equiparan la felicidad de la mujer a la de los seres que la rodean, para quienes está obligada a vivir y a garantizar su bienestar, siempre por encima del propio. Así pasa a ser
inevitablemente el sexo débil y a estar supeditada a los otros.

Antes de la década de los años 50, la sociedad cubana también se regía estrictamente por estas creencias patriarcales. En la Cuba de aquellos años, a la mujer, recluida en la mayoría de los casos en un único espacio de acción, el doméstico, se le destinaban fuera del hogar las labores más sacrificadas y menos remuneradas. Incluso, las que habían logrado alcanzar una mayor preparación, solo eran ocupadas como maestras de escuela.

Habían logrado las tres conquistas fundamentales del movimiento feminista en el mundo: el derecho al voto, el acceso a todos los niveles de educación y el acceso al mercado de trabajo (contaba desde 1918 con la Ley del Divorcio y la despenalización del aborto); pero todo eso formaba parte de la letra de las leyes, porque en la práctica las mujeres se encontraban en situación de desigualdad en comparación con los hombres.

Como refleja la Doctora Norma Vasallo Barrueta en su artículo Género e identidades en tránsito. Cubanas en diferentes contextos sociales, la mayor parte de los analfabetos eran mujeres; solo el 17 por ciento de la fuerza de trabajo era femenina, y de esta, aunque había algunas profesionales, la mayoría eran obreras, empleadas de servicio o domésticas.

Además, el acceso a la salud dependía de las posibilidades económicas de cada una: el aborto estaba despenalizado, pero era accesible a quien contara con los recursos económicos para asistir a las clínicas donde se practicaba. Las mujeres se encontraban en condiciones de dependencia económica y social de los hombres, primero de sus padres y después de sus esposos.

De acuerdo con la crianza de la época, debían ser dulces, atentas, reservadas, obedientes y bien habladas. La madre se encargaba de transmitir estas normas estrictas, que no admitían cuestionamientos. Por detrás, la figura del padre aparecía como el artífice de las regulaciones y el principal censor de su cumplimiento.

Esas mujeres se identificaban acríticamente con sus roles de ama de casa y madre, que aprendían desde edades tempranas a través de los juegos con otras niñas. Esta situación era condicionada también por la escuela, donde «niños y niñas eran separados espacialmente para que recibieran clases diferentes que formaban habilidades propias para cada sexo: coser, bordar y cocinar, las niñas, lo que las ubicaba en el espacio privado; y carpintería, albañilería y labores agrícolas los niños, es decir, relativas al espacio público», argumentó Vasallo Barrueta.

Cambiar la realidad

Con el triunfo revolucionario en 1959, poco a poco esa tendencia se fue revirtiendo en aras de la igualdad y la equidad de géneros: la victoria del Ejército Rebelde significó un crecimiento notable del protagonismo de la mujer dentro del proceso revolucionario cubano. Su vocación de libertad e independencia nacional, manifestada a lo largo de toda la historia patria, y su alta preparación cultural y política, impulsaron una revolución dentro de la Revolución, como afirmara el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

El proceso revolucionario cubano ha permitido a la mujer integrarse a las aulas, las milicias, la agricultura, la salud, la educación, la investigación, el arte, el trabajo comunitario, la política, la dirección y otras esferas, junto a los hombres que hasta el momento habían liderado el espacio social y político cubano. Y todo esto gracias al importantísimo papel de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), con Vilma Espín al frente, y a la proyección de políticas públicas a favor de la inclusión y el despliegue de las
potencialidades de la mujer.

Tradicionalmente encasilladas en el rol de cuidadoras y encargadas de los quehaceres domésticos, a lo largo de estos casi 60 años de Revolución las cubanas han logrado desarrollar sus capacidades y les han sido dadas las condiciones y oportunidades necesarias para cambiar su estatus social.

De acuerdo con la socióloga Iyamira Hernández Pita en su volumen Violencia de género. Una mirada desde la Sociología, «la incorporación de la mujer a la sociedad se concretó en un proyecto de participación social, marcando el tránsito de una posición mayoritariamente pasiva e invisible a la de sujetos protagónicos del quehacer social».

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