CAMBIO DE MONEDA

COMO SIEMPRE HAGO, AL ACUDIR A UN SITIO DIGITAL, ENTRO PRIMERO EN INVASOR, EL PERIÓDICO DE LA CENTRAL PROVINCIA DE CIEGO DE ÁVILA, QUIZÁS, PORQUE EN ESE ÓRGANO DE PRENSA ME FORMÉ COMO *REPORTERA* CUANDO SE CREÓ Y A ÉL ME ATAN RECUERDOS AGRADABLES, E IMBORRRABLES.

ESTA INFORMACIÓN, DE AUTOR ANÓNIMO, ES ALGO QUE, SIN LUGAR A DUDAS, SE CUMPLE EN MUCHAS PERSONAS, EN QUIENES ESTÁN PRRSENTES LAS
INTERROGANTES….

“Me tiene sin coco eso del cambio de moneda”, me dice una amiga. “Tú que eres periodista, y los periodistas todo lo saben, ¿conoces cuándo y cómo será? ¿Es verdad que ya estamos a punto de caramelo?”

Yo, que doy fe de su estrechez económica y de la austeridad de su chequera, pregunto a su vez poniendo cara de póker: “¿Es que acaso tienes tanto escondido debajo del colchón que temes perderlo?”

Me mira enojada con esa expresión tan cubana de: “¿Tú estás cogiéndome pa’ tus cosas?”. Suelto una carcajada y me recrimina: “No te rías y dime la verdad”. Y agachando la voz susurra: “Lo están diciendo allá afuera y por algo será… Y eso del ‘chavito’ y el peso cubano me tienen ´descocotá’. ¡Vaya, porque es como tener una hija con dos yernos y no saber, con cuál, al final, se va a quedar!”

Aclaro, primero, que los periodistas no lo sabemos todo, que más bien desarrollamos un sentido de intuición personal el cual no siempre funciona. Le recuerdo que cuando ocurrió el cambio de moneda en Cuba, a principios de la Revolución, como medida para evitar fuga de capitales, fue de manera sorpresiva y ni los trabajadores bancarios lo sabían hasta el último momento. Además, la máxima dirección del país ha dicho que será un proceso ordenado y no afectará a quienes tengan sus ahorros en los bancos.

“¡Yo lo que quiero es no morirme sin ver esa lucecita al final del túnel! —dice quedamente y descubro húmedos luceros tras sus ojos—. Que mi pesito cubano vuelva a valer y mi jubilación alcance, al menos, para comer y vestir mejor, porque mira como tengo estas manos de tostar maní y hacer cucuruchos de papel para vivir.”

Aprieto sus setenta y tantos años en un abrazo. Le digo en el oído que lo que no podemos permitirnos es el lujo de que la moneda pese más que el corazón. “Si fuese así dejaríamos de ser cubanos, esos seres casi mitológicos que compartimos desde la sal hasta las desgracias con el vecino, en un afán de supervivencia decorosa que nos hace únicos.”

Pienso, entonces, en tanto amigo que, como la muchacha de la canción de Silvio “…torció camino y se perdió de El Morro…”. Esos que se han ido a tejer su sueño a otras latitudes y no podemos condenarlos por una opción que tiene más de económico que de desacuerdo político, aunque les muerda la nostalgia por el barrio, donde la fraternidad se hace universal, y llenen sus ojos de lágrimas cuando, de visita, desde el avión divisan las palmas y aplauden, hasta con el corazón, al choque de las ruedas de aterrizaje sobre la pista, en este país lleno de carencias, pero donde nunca ha escaseado la alegría.

“¡Ay, hijo, tú eres un sol! —dijo al final, poniendo sus manos en mis hombros y mirándome profundamente—. ¡Me diste la inyección que necesitaba para vivir el día de hoy!” Río de buena gana. Su mirada vuelve a esa mezcla de bravura y de cariño. “No es para tanto —le respondo—, quizás tan solo una chispita más para que puedas tostar mejor la rebeldía de tu maní.”

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