PEQUEÑA MELODÍA

HOY, TERCER DOMINGO DE JULIO, Y EN CUBA, DÍA DE LOS NIÑOS, INSERTO EN MI BLOG PRIMARIO, POR RSS, EL SIGUIENTE TEXTO DE UNA JOVEN Y PREMIADA COLEGA DE INVASOR, QUE MUCHO ME SATISFIZO…

Por Katia Siberia
Categoría: Sociedad
Publicado: 17 Julio 2016

Podría ahorrarme las comas y transcribir de manera íntegra, como si se tratara de las versiones taquigráficas de algún discurso. Todo un periódico de su pequeña melodía con el punto final a su antojo… y hasta el crédito le diera: Leidy Laura Pino Sánchez; nada de Katia Siberia. Para mí, solo un brevísimo recuento de impresiones porque a ella, niña al fin, hay que elogiarle su candidez y, “para colmo”, Cuba le puso fecha a la cotidianeidad con que amamos a esos gigantes con dientes de leche. Pero, para ella, por suyas, serían casi todas las palabras que dijo. Que podrían ser las de otro niño al que le sobran “leyes” y le falta tamaño; las de cualquier chiquillo de esos que son “la candela” y nos ponen en la triste-adulta misión de apagafuegos, mientras reímos a escondidas.

Leidy Laura Pino Sánchez, en su día. La más pequeña de nuestras representantes al Congreso Pioneril que inició este jueves

Leidy es, apenas, una, aunque cueste imaginarme a sus contemporáneos de ocho años diciendo… y cito textualmente: “ A mí me suena que esos cartelitos los ponen en los bares para que no les pongan multas y los dependientes deberían pedir los carnés antes de vender porque las apariencias engañan, hay niños que parecen mayores (…) les pido a los padres que se responsabilicen de sus hijos porque el dinero que les piden para chucherías a veces no es para eso, yo les pido que acompañen a sus hijos…”

Ella sigue hablando y yo escondo la grabadora temiendo que reproduzca un guion aprendido con anterioridad y Leidy… ni por enterada. La provoco entonces, diciéndole que no es más inquieta que la niña que tengo y me reta: “Uf, si yo era un diablo”, ¿un diablo? “Bueno, una diabla, fíjate que velaba a mi abuelo y le echaba sal y pasta al agua de lavarse los dientes. Ah, y aprendí a montar hace rato bicicleta sin rueditas y ya sé nadar”. Yo le digo que no puede ser, que en Chincha Coja, allá donde ella vive, los niños no aprenden de todo y menos tan rápido.

“¿Ah, no?, te lo juro”, responde casi molesta. ¿Y tú lees?, pregunto, porque debe haber algo que esta niña no haga. “Sí, me estoy leyendo Melina y las brujas, un libro que mi mamá me compró en la feria”. ¿Y ella es músico y por eso tú estudias violín en la Escuela de Arte? —“No, ella quería, pero no pudo ser pianista”. A punto de desistir, me intereso por las notas de quien me ha dejado solo opciones de obviedad.

“¿Y cuáles quieres que te diga, las de escolaridad o las del instrumento?”, me interroga ella. Las dos, respondo, disimulando mi despiste. Y es tan sincera (después llamaría a la secretaría de su escuela y me confirmarían el dato) que admite que tiene Excelente en escolaridad y Bien en violín. Lo dice discretamente. Dice “Be” bajito, me mira, y yo escucho su melodía; no la que brota de las cuatro cuerdas del violín que ahora no lleva, sino la que sale de sus labios, porque su música es su palabra.

Y como si tuviese, además, la extraña presunción de los pensamientos ajenos, entona la última frase. Otra vez, textual: “Yo no soy presumida, solo digo lo que tengo que decir de acuerdo a mi
capacidad”. Y le pongo el punto final que vendría siendo lo único que me queda… o lo único que me deja.

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