PINEDA BARNET: HAY QUE OPERARSE DEL OÍDO Y APRENDER A PRESCINDIR

Mariateresa Hernández Martínez
Viernes, 11 Marzo 2016 09:33

Hay algo de didáctico y misterioso en la sabiduría de Enrique Pineda Barnet, tal vez sea porque a sus 82 años revela haberse operado del odio y aprendido a prescindir, o quizás por las originales circunstancias que lo han llevado a incursionar en casi todas las expresiones artísticas posibles o simplemente, porque contra toda filosofía humana, Pineda no aspira a trascender.

Director, guionista, actor de teatro, escritor, pedagogo y hasta administrador de industrias, conversar con el Premio Nacional de Cine resulta un acercamiento a su tiempo y a una significativa parte de la historia que vino después.

Cuenta que nació artista y de su pasión por la rumba, ritmo que aprendiera en las celebraciones yorubas de los solares habaneros.

“Mi delirio fue y sigue siendo la rumba. A mi edad tengo grandes problemas para caminar, no ando solo por la calle, pero cuando escucho su sonido, me agarro del respaldar de la silla y todavía bailo y me agacho hasta la cuclilla, confiesa.

“Me fascinaba desde pequeño bailar, cantar y actuar. En el hotel Palace, donde vivía con mi madre, teníamos una vecina que era profesora de arte: Francisqueta Vallalta, quien organizaba una revista musical con niños y me entrenó para que yo hiciera el personaje del negrito en el Galleguibiri Pancontibiri. Así, en el teatro Riviera, con cinco años de edad, fue mi debut escénico”, cuenta a esta reportera.

Encandilado con el primer aplauso, se vinculó a Teatro Estudio, adentrándose en la dramaturgia y la dirección de puesta en escena.

En esos años, protagonizó la obra Lila la mariposa, de Rolando Ferrer, con la Compañía Las máscaras, y su obra El Juicio de la Quimbumbia obtuvo mención en el premio Casa de las Américas 1960.

A los 17 años, interesado por la narrativa y la poesía, obtuvo el premio Alfonso Hernández Catá, recompensa literaria más importante del país en aquel momento.

Luego Pineda emprendió una intensa labor en los medios de comunicación masiva, primero en la radio y más tarde en la televisión, además de una larga experiencia en la publicidad. Todo ello sedimentó el camino para una prolífera carrera cinematográfica marcada por filmes inolvidables como La Bella del Alhambra (1989), Angelito mío (1998), La Anunciación (2009) y el más reciente Verde verde (2010).

Jugando a prescindir, como él mismo asegura, Enrique Pineda Barnet no se detiene, dirige el taller de creación Arca, Nariz, Alhambre (a.n.a), creado hace varios años e integrado por jóvenes egresados del Instituto Superior de Arte, con el cual ha realizado importantes cortometrajes como First (1997), definida por el cineasta como su obra más querida; La Ecuación (2000), Upstairs (2014) y End (2014).

En la actualidad da los toques finales al corto Aplausos, protagonizado por la actriz Verónica Lynn. También trabaja en la escritura de su autobiografía y en el guión de una nueva película, detalles de una vida intensa que revela en esta conversación con la Agencia Cubana de Noticias:
–¿Cómo llega al mundo cinematográfico?

–Cuando se fue a fundar el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) yo estaba trabajando todavía en publicidad, donde ganaba bastante, y al mismo tiempo en Teatro Estudio. Allí se apareció un día Julio García Espinosa y me propuso formar parte de ese empeño.

“Casi todo el grupo de los fundadores eran mis amigos: Héctor García Mesa, Pepe Massip, Julio García Espinosa, Alfredo, a este último lo conocía solo de pasada. Pero no me consideré merecedor de la realización de aquel sueño porque no había hecho nada por conseguirlo.

Atrapar un sueño era otra cosa, los barbudos que bajaron, ellos sí se habían ganado empezar a disfrutar el sueño.

“Había hecho muy poco, me metí en el movimiento 26 de Julio por una novia. Ella usaba su carterita llena de piedras y cuando venían los policías hacía como los vaqueros y empezaba a tirarlas. Entonces entré un poco a eso: tirar piedras, vender bonos del 26 o reunir dinero para comprarlos; esconder amigos, mandar paquetes para la Sierra Maestra con ropas, medicinas, cosas así, nada mucho más riesgoso.

“Naturalmente, en esas circunstancias todo es riesgoso, pensar siempre es riesgoso, expresar lo que piensas es más riesgoso todavía y callarte lo que piensas es infinitamente más riesgoso.

“A través de los barbudos conocí la vida real de mi país: esos campesinos de las montañas, los niños descalzos con esas barrigas llenas de parásitos, con los piececitos comidos por las niguas…todo eso me conmovió de una manera tremenda. Tanto que un día una amiga me empieza a hablar de la Sierra Maestra y le digo: ¿Tú sabes para qué creo que serviría yo?, pues para ser misionero allí…

“Claro, no en el sentido religioso, yo tuve cierto espíritu religioso de niño que muy rápidamente resolví con un agnosticismo total.

“Me comenta entonces ella: Bueno, Enrique, yo tengo un amigo que es Comandante en la Sierra que es artista, yo le preguntaré a ver qué te dice.

“El jefe rebelde resultó ser Juan Almeida, que era muy amigo de ella y me dio una cita. Me puse a reunir las cosas que yo pensaba debía presentar cuando fuera a verlo: mi renuncia a la empresa de publicidad, mis títulos universitarios…

“Yo era graduado en casi todo lo posible en aquel momento: periodista, locutor, miembro de la Asociación de Artistas, del teatro, la radio… Lo más difícil fue tener esa conversación con mi madre. Ella puso el grito en el cielo y me dijo que yo no estaba preparado, que había sido un niño criado para dormir en pijama y medias. Yo seguí reuniendo mis cosas y puse el file en mi cuarto, como algo pendiente.

“Y un día estando en casa llega mi amiga Norka Méndez, con Korda, el fotógrafo, que era su esposo, para anunciarme que estaba embarazada. Mientras estábamos celebrando aparece en la pantalla Fidel que iba a dar un discurso.

“Fidel hablaba todos los días y siempre eran discursos importantes, así que nos pusimos a oírlo y de repente dice: Necesitamos jóvenes de cierto nivel cultural que estén dispuestos a ir a la Sierra como maestros voluntarios. Aclaró, maestros voluntarios, no alfabetizadores, que después ha habido mucha confusión; la Campaña de Alfabetización vino dos años después.

“Dejé a Norka y a Korda en la sala, y agarré mi file. Fidel estaba dando el discurso en la esquina de mi casa, en el Canal 2, frente a lo que era el Cabaret Montmatre (yo vivía en Malecón, esquina 23).

“Había un soldadito en la puerta y un VW chiquito, el que Fidel manejaba. Le dije al soldadito que por favor le entregara el file al Comandante cuando bajara. Regresé a mi casa y cuando entré estaban Norka y Korda parados frente al televisor y Fidel con el file en la mano diciendo: ¡Aquí llegó ya el primer maestro voluntario!”

–¿Y se fue a la Sierra Maestra?

–Sí, me fui, y mi vida comenzó a ser otra a partir de aquel momento, justamente porque me permitió ser misionero y se cumplieron mis días más felices. Aprendí a dormir sin medias, sin camiseta y casi sin nada, en hamacas o en la tierra, aprendí a comer de todo, a ordeñar, a sembrar, a beber de los manantiales cuando había, o si no, de cualquier riachuelo que existiera. Nadie hablaba de la palabra contaminación.

“Me mandaron a una escuelita que se llamaba El Cilantro, ubicada en una montaña desde donde se podían ver las luces de Jamaica. Conmigo subieron más de tres mil jóvenes.

“En la Sierra no había recursos para enseñar así que se hacía con cualquier cosa, si pasaba una yunta de bueyes, les preguntaba qué llevaba el buey y por qué la yunta; si caía un aguacero se describía la lluvia; si la noche era estrellada y tilitaban azules los astros a lo lejos, se explicaba qué era la Luna y ya de paso, también la poesía. Cuando llegué, ningún pequeño había visto una bandera, así que les mostré qué cosa era un asta y el sentido real de los símbolos patrios.

“La necesidad de enseñar es tan intensa como la necesidad de aprender y el maestro aprende al mismo tiempo que está enseñando. Todavía cuatro o cinco de mis alumnos que ahora viven acá en La Habana, vienen a verme con sus hijos y nietos, son cosas muy lindas, regalos de la vida. También por ahí tengo una familia enorme de maestros voluntarios entrañables”.

–¿Es a su regreso cuando se vincula al ICAIC?

–No, todavía. Estando en la serranía recibí un mensaje de Celia Sánchez con la indicación de presentarme en las puertas del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) para una reunión con Fidel.

“Habían citado a 82 maestros igual que a mí, y una vez allí comenzamos a recibir varias conferencias sobre economía. Cuando llegaron Fidel y el Che nos explicaron que se acababa de firmar la Ley de Nacionalización de las Industrias y que nosotros seríamos los nuevos interventores y administradores.

“Partí a Matanzas a nacionalizar el Central azucarero Tinguaro, del hacendado Julio Lobo, quien era nada más y nada menos que el padre de una queridísima amiga de la infancia.

“Cuando le cogí el juego al ingenio, me llegó otro papelito trasladándome a la oficina del Ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, un tipo increíble, una de las personas más buenas, nobles e inteligentes que he conocido. Después de eso, finalmente quise unirme al ICAIC.

“Me insertaron en el departamento Enciclopedia Popular, una pequeña revista donde iba a hacer cortos sobre distintas cuestiones del país. El Instituto estaba recién fundado y en aquel momento el cine todavía no tenía la significación que tiene hoy y que tuvo más tarde para mí.

“Hice una colección que se llamaba Teatro de La Habana, realicé varios corticos y entonces Alfredo Guevara me propuso realizar una película con Alicia Alonso. Llegué al Ballet y les dije a Alicia y a Fernando a lo que iba y también les advertí que a mí el ballet no me gustaba pero aspiraba a que ellos me enseñaran a quererlo.

“De ahí nació Giselle (1964), para la cual reuní todo el staff danzario y empecé a enseñarles qué era el cine, a la vez que yo también lo aprendía. Así hicimos una familia de trabajo increíble y la cuestión se redondeó en mí. No es que no me guste el ballet sino que me parece anacrónico y un poco viejo siempre lo mismo, sí me fascina la danza contemporánea y un cierto tipo de ballet clásico más trabajado”.

–Habiendo sido testigo de tantos años de transformaciones en el cine cubano, ¿cómo valora el panorama actual de nuestro séptimo arte?

–Hace 50 años los retos, las posibilidades, las aspiraciones, eran totalmente opuestos a los de hoy. Todo era diferente por completo. El desafío de hacer cine era el mismo que había con todo: alfabetizar, establecer una relación armónica con otros mundos desconocidos.

“Creo que tuvimos un momento resplandeciente al comienzo, como todas las cosas que surgen, y salieron buenas y malas obras. Paralelamente con el país, ha habido luchas, dificultades, éxitos, fracasos, sueños perdidos, sueños latentes.

“Por suerte el tiempo es muy rico y he tenido tiempo para ver el tiempo pasar, muchos han desaparecido porque se fueron o porque se murieron, y hoy siento que el momento es de una tirante esperanza.

“Siempre hay cosas interesantes, te sorprendes con un actor nuevo, con una actriz nueva. A mí me ilusionan mucho las películas que hace Ernesto Daranas, y también las de Miguel Coyula, aunque en otra dirección”.

–¿Qué consejo les daría a las nuevas generaciones que se están formando?

–Que sean más libre con ellos mismos, más felices, más cómodos, no para que hagan películas felices, sino más atrevidas, que no se dejen atar a prejuicios, y que hagan cine a toda costa.

“He dicho en varias ocasiones que me he operado del odio porque el odio es muy nocivo y hace mucho daño al que odia. La cura es analizar al otro, aprender a entenderlo. Lo segundo es aprender a prescindir, porque prescindir equivale a despejarse.

“El ser humano es coleccionista y colecciona lo que le gusta. Yo empecé por limpiarme de cosas que no me gustaban y luego empecé a prescindir de cosas que me gustaban mucho pero que a otros les gustaban más. En cosas más esenciales hay que aprender a prescindir y creo que a la hora de hacer arte también hay que aprender con menos recursos a exprimir la creatividad”.

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