CARACAS CERCA DEL CIELO

Por David Corcho*

Caracas (PL) Pocos habitantes de Caracas hablan de los cerros con palabras de elogio, pero contemplar los arrabales de la ciudad desde el parque Waraira repano, a dos mil metros de altura, dejaría estupefacto al más insensible de los mortales.

Cada día cientos de personas toman el teleférico de la capital venezolana para llegar al mirador de la reserva natural, una cresta coronada de pinos que sobresale muchas veces por encima de las nubes, como si no bastara el derroche de vida silvestre para hacer más atrayente el lugar.

El viaje hacia la cima tiene de inquietante y angustioso, pues tan solo dos cables de acero sostienen la cabina mientras el viento silba afuera y mece el vagón suspendido sobre desfiladeros cubiertos por un bosque ahora deshojado por la sequía.

Nadie está a salvo del asombro; menos aún cuando al mirar hacia adelante las otras cabinas desaparecen en la bruma lenta pero indetenible, con su carga de viajeros pasmados en un armatoste silencioso y frío.

El mirador de El Ávila cubre la cima de la montaña y desde allí puede observarse una porción notable del valle de Caracas, en donde antaño habitaron los clanes aborígenes más belicosos de Venezuela y hoy sirve de asiento a la ciudad capital, con sus rascacielos, callejuelas y miles de autos.

Hacia el norte, el puerto de la Guaira, punto de contacto entre Caracas y el mundo ultramarino, aparece difuminado por la lejanía.

El clima templado, el silencio, el aire sin huellas de contaminación, resultan casi increíbles cuando se toma conciencia de que al pie de la montaña bulle una metrópoli habitada por cinco millones de ruidosos venezolanos.

Pero el gran festín de los sentidos llega en el descenso, cuando aparece de improviso la ciudad iluminada por el sol y el sinfín de edificios grises y cuadrados adquieren nueva apariencia, como si la luz matutina los agraciara con solo tocarlos.

Entonces surgen los cerros, esas barriadas casi tan famosas como las favelas brasileñas, donde sobreviven moradores de escasos recursos.

Ninguno de sus habitantes imagina que desde una altura de mil metros cada cerro atestado de casuchas y surcado por callejuelas sinuosas representa a la ciudad incluso con mayor belleza que los rascacielos, pues dejan entrever la vida de los venezolanos en toda su abundancia de felicidad y tristeza, de estrechez monetaria y plenitud espiritual.

Porque también Caracas pertenece a esa especie de ciudad
latinoamericana en donde conviven las disparidades más extremas: el edificio de cristales lustrados junto a un basurero hediondo, el supermercado a pocos pasos de una iglesia cuyas paredes descorchadas dejan crecer colonias de hongos y helechos.

Ni siquiera los esfuerzos del gobierno socialista han logrado ordenar a ese monstruo llamado Caracas, que crece, se ensancha, exige comida, dinero y continúa sumando suburbios a su geografía caótica en contra del urbanismo más elemental.

Por si fuera poco no resulta extraño ver cada cierto tiempo una bandada de guacamayos volar entre los rascacielos, como si la naturaleza quisiera recordarnos con este detalle que sigue siendo reina y señora incluso en la urbe más moderna del país.

Solo tras el ocaso la ciudad comienza a languidecer, pero la calma es aparente pues aunque un manto de oscuridad cubra los suburbios pueden observarse miles de luces y escucharse algunos tiroteos en los cerros, evidencias de que la vida continúa aun durante la noche.

*Corresponsal de Prensa Latina en Venezuela

rc/ga/dch

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