BAILAR TANGO EN LA CALLE OBISPO

Por José Aurelio Paz. (periódico Invasor)

Me confundió, como tantas veces ocurre, con un “yuma”. Y yo, que detesto a esa fauna de pedigüeños de oficio —que el turismo arrastra como uno de sus más connotados vicios—, la miré molesto.

Generalmente, quienes pasan por un momento duro de su vida sin tener otra opción de pedir para comer lo hacen con vergüenza y no con descaro, pero ella tenía algo distinto que me arrobó al instante.

No fue directamente al tiro. Con zalamería me dijo un piropo que era la mentira más grande del mundo, si por aquellos días estaba yo que no tenía un hueso de mi cuerpo que no cantara aquel viejo son de Los Compadres: “¡Ese palo que está ahí tiene jutía!”

Puso cara de pícara y me soltó con descaro, recurriendo a la antológica canción de la Burke: “De lo que te has perdido/ la noche de anoche por no estar conmigo./ De lo que te has perdido/ yo con tanto fuego y túuu… pasando frío…!”

La miré sonriente. Al verme atrapado en sus redes me mostró, con descaro, el cogote del mudo animal de yeso que cargaba en un brazo, junto a una vieja lata de galletas, y mostrándome la ranura-alcancía en la cabeza del perro, agregó: “¡Cúrale la herida, mi santo!”

Era tanta su gracia que no me molestó que me pidiera. Pero tampoco le iba a dar nada gratis sin que se lo ganara con su esfuerzo. “Soy cubanito como tú, mi china, y el salario no me alcanza —le dije y, para mitigar en alguna medida su decepción, agregué—: pero si bailas conmigo, aquí en plena calle Obispo, te suelto algo.”

Me miró aún con más descaro de arriba abajo y, sin pensarlo dos veces, me espetó: “¡Como si no me das nada, corazón; me caes bien!” Y mientras los amigos “yumas” de verdad que iban conmigo disfrutaban de una escena que solo puede darse en Cuba por la desfachatez festiva de nosotros los cubanos, la tomé por el talle, mientras levantaba ella su pierna izquierda. Pensé en un son. Pero La China me dijo: “Bailemos un tango que yo conozco bien los cinco pasos básicos: Di Sarli, Canaro, Pugliese, D’Arienzo, y Laurenz…”

La gente que pasaba me creía tan loco como ella o “el pobre extranjero que ha caído en las redes de La China de la calle Obispo”. Cuando terminamos la ronda, para sellar el baile, ella me dio y beso, mientras le preguntaba bajito: “¿Te quieres casar conmigo?” Y ella: “¿Qué haces de noche?” Y yo: “Dormir y callar”. Y ella con picardía: “¡Ay, no, no que me asustarás!”

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