DARNOS CUERDA

Por Sayli Sosa Barceló
(Periódico Invasor)

Diciembre tiene la gracia de borrar en un dos por tres las tristezas de todo un año o, por el contrario, multiplicar hasta el infinito los momentos felices, que no es lo mismo, pero funciona igual. Digo los momentos porque está clarísimo que la felicidad, más que un fin, se antoja medio, apenas un estado de ánimo o mental, casi una actitud ante la vida. Una nunca la alcanza así, de plano, sino que debe trabajar en ella a diario, con precisión y paciencia de orfebre, sabiendo de antemano que no todas las gemas se convierten en obras de arte.

Si no fuera por el último mes del calendario, es muy probable que se queden a hacer nido para siempre ciertas vivencias que, aunque edifiquen y fortalezcan en última instancia (no siempre, la pérdida de un ser querido no construye nada, nunca), van antecedidas por derrumbes espirituales, físicos, materiales. Y, derrumbes al fin, laceran, abren viejas heridas, plantean disyuntivas existenciales a las que no sabría cómo responder, nos mueren un poco antes de que aprendamos a edificarnos a partir de ellas.

Diciembre tiene vocación de “barredor de tristezas”, por eso la mayoría de la gente le entra al nuevo año con una alegría renovada, como si se tratara de la primera vez, una euforia sazonada con el mismo aliño de la carne asada, embriagados por el humo y los licores del festejo. En ese minuto final del día 31, en esos 60 segundos que marcan el cambio de era, se concentra todo lo que fuimos y, más importante, lo que seremos.

Y si bien recomenzar, reinventarnos en el plano personal nunca es cosa sencilla, porque implica renuncias, transformaciones, aprendizajes; mucho más complicado es hacerlo como ciudad, provincia o país, sobre todo porque depende, siempre, de las voluntades individuales. ¿Cómo se logra que las aspiraciones puertas adentro de cada hogar entronquen con las necesidades y los caminos puertas afuera?

En las múltiples respuestas a esa interrogante descansa mi deseo de fin de año, si es que se me permite pedir algo más después del 17 de diciembre. Ese día se antoja como la Navidad, año viejo y el nuevo anticipados, todo de una vez. De golpe se le cumplió a Cuba uno de sus grandes anhelos, el regreso de los hijos que faltaban, y se dio un primer paso hacia la normalización (vaya uno a saber qué significa realmente) de las relaciones con Estados Unidos. De lo segundo no pienso decir otra palabra porque no se me da bien la cosa adivinatoria.

De lo primero diré que Antonio, Gerardo, Ramón, Fernando y René son una bocanada de aire fresco terminando 2014, oxígeno para el patriotismo, espejos que le devuelven a la Isla una imagen hermosa de la resistencia (ahora), porque, ya sabemos, la resistencia tiene poco de belleza y mucho de sacrificio. Ellos son el mejor molde donde verter la arcilla de la que estamos hechos, una masa horneada con su perseverancia, la fe con que se mantuvieron lúcidos, tal vez una terquedad como de poceros, que saben que después de la roca dura, inamovible, obstinada, está el manantial, y horadan y horadan el suelo, sin descanso, impulsados por la esperanza y la sed.

Esto no quiere decir que tendrán que desandar el país como misioneros para que la gente piense, haga, sienta. Por el contrario, tendremos que ir a ellos como un sediento a la fuente, a contagiarnos de su disposición, de sus convicciones, de la entrega en función de un socialismo próspero y sostenible que salte de una vez de los discursos a la realidad.

¿Qué es prosperidad? ¿Qué es sostenible? ¿Cómo se construye el socialismo? Habrá quien entienda que tantas preguntas albergan, acaso, ciertas dosis de escepticismo. Lo veo, sin embargo, de otra forma. Lo asumo como el camino o, cuando menos, las ganas de caminar. Una razón para levantarnos sin creer en maldición de pie izquierdo, ni mal agüero de lluvia con sol o martes 13. Un motivo para crear donde algunos aconsejen dejarlo todo tal cual. Si no está roto, no lo arregles, dicen y no puedo dejar de pensar en los relojes que, es cierto, nunca se detienen, pero tampoco dan la hora exacta.

Cuba necesita cronometrarse y marcar su tiempo con fidelidad porque, de lo contrario, se adelantará inútilmente o no llegará en el momento preciso. Para ello se necesita más de un relojero y un mecanismo. Es imprescindible que sincronicemos pequeñas y grandes manecillas, aceitemos engranajes y nos demos cuerda todos los días de la vida (en este caso no es recomendable confiar en las baterías AA o de Litio. “Dame cuerda y moveré al mundo”, comentaría Arquímedes, el de la palanca).

Diciembre es, también, como una mano invisible que, justo cuando parece que todo termina, mueve los resortes internos y nos pone en hora, listos para marcar otros 12 meses, en armonía con nosotros mismos. Será por eso que el ritmo del corazón se parece un poco al de los relojes: bum bum, bum bum, tic tac, tic tac.

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