22 de Diciembre. Día del Educador Cubano

NO PODÍA DEJAR PASAR ESTA EFEMÉRIDE SIN QUE APARECIERA ALGÚN TEXTO ALEGÓRICO A ESA FECHA, POR ESO INSERTO EL SIGUIENTE TRABAJO PERIODÍSTICO DE KATIA SIBERIA, PUBLICADO EN INVASOR.
AUNQUE ESTABA FUERA DE ESTA, LA CIUDAD DE LOS PORTALES Y NO ESCRIBÍ NADA PERSONAL A PROPÓSITO DEL 22 DE DICIEMBRE, RECUERDO EN ESTE INSTANTE DOS FÉMINAS EDUCADORAS YA FALLECIDAS QUE SE DESEMPEÑARON TAMBIÉN, Y CON ÉXITO, EN EL SECTOR PERIODÍSTICO, OELIA CEPERO FALZ, Y ELIDIA FELIPE NIEBLAS.

Así se llama uno de mis maestros, José Otero, quien nunca necesitó que el mismísimo José de la Luz y Caballero le prodigara la celebridad en una frase: “Instruir puede cualquiera, educar, solo quien sea un evangelio vivo”. Segura estoy de que lo sabía, mucho antes de que la Pedagogía lo situara frente al aula de una escuelita rural, casi perfecta.

¿Habrá tenido un buen maestro? ¿Quién le enseñaría a serlo? ¿A cuántos tataramaestros les deberé lo que soy? No sé cómo, la verdad. Solo sé que el hombre que estaba destinado a ser un soplo de aprendizaje, apenas el maestro de quinto y sexto grados, 20 meses en la vida de una estudiante que, perfectamente, podría haber olvidado hasta su nombre se convirtió en su evangelio.

En cambio, sé por qué. Eso puedo contarlo en detalles; no ahora que se acerca el 22 de diciembre y todos abrazamos con el pensamiento a nuestros paradigmas con pizarrón, sino cualquier día en que, frente a la hoja en blanco, trate de recordar a José Otero: el maestro. Confieso que mi adoración nada tuvo (o tiene) que ver con el amor. Una se enamora de los profes de la Secundaria, fantasea con los del Pre y puede que ame en silencio a los de la Universidad, pero, al menos hace 20 años, nadie deliraba con ser la novia de un maestro primario.

La primera de sus clases fue en silencio. Solo mirarlo y detallar en su imagen la pulcritud de espíritu y presencia que ahora denominamos “porte y aspecto”. Pues Jose, así sin tilde le decían, llevaba siempre un pantalón con filo, unos zapatos untados de betún y una camisa con un peine en el bolsillo para retocar la mota que la grasa moldeaba, ligera, porque la raya estaba incrustada de un modo en el cráneo del maestro que jamás vi una curva en su cabeza. Daba la impresión de un metodólogo ministerial y, encima, hablaba con una cadencia y una corrección que no había R o S que se le escapara. El aula era otra cosa cuando él entraba y decía “buenos días”.

Luego impartía la otra clase, la de las asignaturas del ciclo. Lengua Española, Historia… Recuerdo que me dio una exclusiva el primer día, justo cuando entregaba el libro y ante aquella carátula recién estrenada, año 1996, exclamé: ¡Yumáaaatica!

“¡Esa palabra no existe en Español!”, dijo furioso. Y debo haberlo mirado perpleja, pues los niños del barrio tenían colecciones de estuches, cosas lindas que venían “de La Yuma”, de donde, suponía, habría de venir todo lo bello que recibiera en mi vida. Ahí mismo olvidó el plan de clases y aprendí a usar un diccionario.

Lo peor que hacía era halar la patillita y rápido soltaba a quienes no aprendían a amortiguar el estirón, estirándose bien. Aquello era más una amenaza que un castigo en su intento por frenar la bandada de chiquillos malcriados y desobedientes que se creían los reyes de la escuela por cursar sexto grado.

Mano dura, sugería mi madre. Pero el maestro nunca tuvo mano dura, solo carácter. Eso sí, carácter después de las 4:00 de la tarde, carácter los sábados y los domingos, carácter por las noches en la sala de video… Parecía que el maestro Jose viajaba con su aula, como un caracol. Era una escuela andante, diciendo siempre qué era lo correcto, inquiriendo por lo mal hecho al punto de que los domingos de travesuras peligrosas, “¡corre, que viene el maestro!”, sonaba más temeroso que “¡por ahí viene tu mamá… con un cinto!”

Y no es que el maestro fuera severo, es que aleccionaba y a los 11 años no queríamos que nos recordara por qué no debíamos hacer lo que hacíamos. Cosas de muchachos que suelen minimizarse y terminan siendo cosa de hombres, deformados; un riesgo que con él no corrimos.

Tal vez imagine lo mucho que aprendimos, aunque quizá ni sospeche que encabeza una lista honrosísima de maestros queridos que cada alumno, en Cuba, despliega por estos días: Teonila, Amado, Alcides, Enrique, Adriano, Milena, Pitaluga… Todos al lado izquierdo del pecho, donde un reservado tiene él, José Otero, evangelio vivo, no solo porque respira, sino porque todavía da clases. ¡Y qué clases!

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