TULA VIVIÓ EN SU SALA HABANERA

OTRA INFORMACIÓN QUE QUISE INCLUIR AYER EN MI BLOG, DADA LA ADMIRACIÓN QUE PROFESO ALA AVELLANEDA, ESA CAMAGUEYANA DE CUBA, Y EL MUNDO, PERO COMO EXPLIQUÉ ANTES, LA FALTA DE CONECTIVIDAD LO IMPIDIÓ.

La obra Tula, inspirada en Gertrudis Gómez de Avellaneda, celebra dos centurias, momento oportuno para homenajear a la poetisa y escritora en el marco del 24 Festival In­ter­nacional de Ballet de La Habana

Autor: Toni Piñera | cultura@granma.cu

La poetisa y escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda, una de las más subyugantes personalidades femeninas del siglo XIX y cuyo bicentenario se cumple en este 2014, volvió a vivir en la sala que lleva su nombre en el teatro Na­cional, durante una gala del 24 Festival In­ter­nacional de Ballet de La Habana.

Con ese interés muy específico de Alicia Alonso por llevar a la escena figuras históricas femeninas, en 1998 enfocó su prisma creativo hacia la Avellaneda y creó el ballet Tula, bailado por vez primera el 29 de octubre de ese año, en una gala del 16 Festival.

En una de las noches del encuentro y rememorando su aniversario 200, las tablas de la sala Avellaneda se poblaron de recuerdos. En este ballet en dos actos y ocho escenas, inspirado en su vida y obra, emergen muchas aristas de la crea­­dora de sutil talento y avanzados conceptos en temas que todavía hoy tienen vigencia.

Todo comienza cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda (Tula) nace a la creación artística y es guiada simbólicamente por José María Heredia (Víctor Estévez), escritor a quien ella admira enormemente. A partir de ahí, en el primer acto, los personajes literarios o teatrales de la Ave­llaneda llenan la escena conjugando diversas obras de su quehacer, mientras que en el segundo pasean instantes de su vida.

Tula es un espectáculo que funciona, una obra neorromántica que pone a bailar a toda la compañía, en la que debe celebrarse la inteligencia y el talento a la hora de organizar tantos factores de disímil filiación, muy bien alcanzados también en el libreto de José Ramón Neyra. Con un lenguaje bastante tradicional, junto a acentos expresivos que hacen descansar la proyección de la pieza en el vigor de sus intérpretes, en el primer acto pasan cuadros muy bien logrados como el de Leoncia, en el que brilló particularmente Ginett Moncho y La hija de las flores, donde se borda un fino humor que tuvo intérpretes idó­neos conjugado con el baile en las pieles de Regina Hernández, Lissi Báez, Serafín Castro y Roberto Vega.

En otras escenas —algo señalado desde su estreno—, es menester “limar” ciertos aspectos de la dramaturgia, como en la de Baltasar (muy rica en cuanto a proyección visual), no obstante resaltar personajes como el de Elda, donde destacó particularmente Gabriela Mesa —bailarina de enormes condiciones—, Nitocris (Carolina Gar­cía), y Rubén, el joven guerrero de la mano del ágil bailarín Alejandro Silva. Así como en los pas de deux del segundo acto de Tula (encarnada por Amaya Rodríguez, convincente, de principio a fin, en el papel al que impregnó los diversos matices de su temperamento con suma sensibilidad interpretativa, apoyada por una impecable técnica en el baile), primero con Ignacio de Cepeda (Adrián Masvidal) y Gabriel García de Tassara (muy bien interpretado por Arián Molina), para concluir con Domingo Verdugo (Alfredo Ibá­ñez). El cuerpo de baile, algo disperso en ciertos bailables del segundo acto, necesita mayor énfasis en algunos instantes para hacerse sentir más sobre las tablas.

Resalta en la obra, también como protagonista, la excelente y hermosa música de Juan Pi­ñe­ra, creada especialmente para el ballet, con mo­mentos cumbres como la contradanza y la habanera, por solo citar estas. Al éxito de la obra se suman los diseños de escenografía y vestuario de Salvador Fernández que impregnan de un tinte de autenticidad, lirismo y colorido al ballet.

LA DANZA EN IMÁGENES

Las artes, durante los Festivales Inter­na­cionales de Ballet de La Habana “danzan” todas juntas. Una de ellas, las artes plásticas ocupa posiciones en diferentes espacios de la ciudad como ninguna otra. Hace ya algunos encuentros, el joven creador Landy Mesis nos tiene acostumbrados a disfrutar un conjunto de obras originales que llegan desde la cerámica, más específicamente en la técnica del trencadis. Un original modo de ornamentación, llegado desde Europa a principios del pasado siglo, que marcó la arquitectura de Barcelona.

En la actual exposición denominada Esce­no­grafías, que respira en el vestíbulo alto de la sala Avellaneda, del teatro Nacional (Plaza de la Re­volución), el público podrá apreciar la “traducción” que de los dibujos de diseños de ballets co­mo El amor brujo, El lago de los cisnes, Electra Garrigó, Irazú y Shakespeare y sus máscaras, de Ricardo Reymena, así como Giselle, de Sa­lva­dor Fernández, realiza el joven artista para dejar constancia de esos sueños escénicos que vibran también desde el volumen, más allá de los escenarios.

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