UNA OBRA EN LA QUE PRIMAN EL EQUILIBRIO Y LA SOBRIEDAD

Por Félix Flores Varona Foto: Edelvis Valido

Publicado: 27 Marzo 2014

Puede haberse dado inicialmente entre el artista urgido de renovarse y la persona ajena al desenfreno. Ahora se establece entre el público avileño y la más reciente muestra del artista avileño de la plástica, en la que priman el equilibrio y la sobriedad, y, para el asombro de no pocos, quedan atrás las figuraciones.

Este no es el pintor ambientalista de aquellos profusos paisajes que, mediante una conceptualización recóndita y a la vez bastante simple, acusaba la perjudicial ejecutoria del ser humano en su afán desmedido por despojar a Madre Natura de su riqueza.

Ni tampoco se trata de aquel prolijo hacedor que hacía discursar los verdes y los azules tejidos en la distancia hasta donde era posible la profundidad de un cuadro. Ahora también la paleta es parca, apenas rojos y negros sobre un fondo crema, o una combinación de estos.

Pero los colores aludidos son suficientes para provocar la atención y cautivar la vista, efectos en los que trazos y formas, tan limpios como los colores mismos, forman parte del mensaje lanzado al espectador para convertirlo, como en las controversias, en buen contrincante, es decir, dialogador.

En la exposición saltan a la vista la unidad y la coherencia de las series Amasijo, Placer y Bloqueos, aun cuando en la primera, los perfeccionistas nos preguntemos por qué no en todas las piezas algunos detalles proyectan sombra sobre un segundo plano.

Si bien la abstracción presupone un alejamiento de lo figurativo o lo imitativo, el pintor no consigue, o no se ha propuesto, el rompimiento total con la realidad y es posible adivinar en su obra elementos de aquella que al final resultan asideros para la interpretación.

Tal es el caso de esa flota velera de los tiempos remotos en que la humanidad, con sus costumbres a cuestas, comenzó a atravesar los océanos del mundo. El elemento está presente en gran parte de los cuadros, mas no es el único símbolo utilizado por el artista.

Allí están, para corroborarlo, esos círculos concéntricos asociados a los dibujos primigenios de la época de las cavernas o las sólidas esferas de los atómicos tiempos modernos, aunque para el pintor se trate de entes familiares que, cual electrones, pueden salirse de su órbita natural.

Pero todos estos símbolos, con más o menos preponderancia, constituyen medios expresivos que ayudan a conformar un estilo. Es así como se quedan en la retina parches, semicírculos, cuadraturas, muros y retículas en una variedad insospechable de formas.

Como colofón de la muestra, aguarda a los visitantes el tríptico Cercanas lejanías, cuyas piezas, de proporciones desiguales, muestran una composición exquisita, en la que se aprecia la coherente continuidad de planos entre los diferentes cuadros y la peculiar relación del central con sus laterales.

Se le agradece infinitamente a Leonides la magnífica oportunidad de sustraernos por unos minutos de nuestra estresada vida cotidiana y el placer de asistir a un evento cultural en el que el artista se revela completamente distinto y, lo que es mejor, acertado.

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