AY, CERVANTES, SI SUPIERAS…!

Por Rachel Febles García|

¡Ay, Cervantes, si tú vieras
Tu español cubanizado
Completamente erizado
Seguro que te pusieras!

Clara Veitía

Había una vez una sociedad donde todo cambió. Los padres se convirtieron en puros, las muchachas bonitas en mangos o cañones, las personas inteligentes en tacos y los orgullosos en creyentes.

A los indeseables se les recomienda multiplicarse por cero, los amigos son los/las míos/as, el hola fue sustituido por el qué volá, todo aquel que dice algo ingenioso está escapao y los pesados son tipos fula….

En la Cuba contemporánea, comunicarse con los jóvenes utilizando la norma culta del habla se ha convertido en un reto, pues mucho ha variado nuestro idioma desde los tiempos de Cervantes. Es un ente cambiante como el mismo entorno del cual se nutre, el reflejo del diario acontecer.

No son pocos los que desandan de manera irrespetuosa por los caminos de la lengua. Reelaboran, abrevian y cambian, incluso, aquello que no debe sufrir transformaciones.

Las causas son diversas: desde el escaso hábito de lectura y la poca implicación de padres y maestros en la problemática, hasta el uso desacertado de las nuevas tecnologías.

“ESCAPAOS” DEL IDIOMA
El origen del lenguaje o jerga de los jóvenes no ha podido definirse, ha existido siempre y se trata de la presencia de formas léxicas peculiares que utilizan los adolescentes de cada generación por la necesidad que sienten de mostrarse, de ser diferentes al resto de las personas.

Según la Doctora Nuria Gregori, directora del Instituto de Literatura y Lingüística, “es, de cierta manera, una forma de divertirse, de llamar la atención, creando palabras o dándoles nuevos significados; no pocas veces utilizando vocablos de los elementos marginales de la sociedad”.

Su colega, la Doctora Aurora Camacho, señala que “el grupo generacional diferencia, marca, y eso es un proceso regular, sistemático. Ocurre siempre en el desarrollo de la lengua y de una nación.

“Los de edades más tempranas se distinguen por una serie de modificaciones, de adaptaciones, de creaciones muy propias, empleadas, sobre todo, en situaciones informales y, por lo general, dejan de manejarlas cuando se hacen adultos.

“La etapa juvenil se puede equiparar a un laboratorio, a una especie de taller en el que surgen realizaciones del lenguaje en todos los niveles, que son muy particulares”, concluye.

Sin embargo, hoy en día se evidencia la tendencia preocupante entre los adolescentes de emplear este mismo lenguaje informal, descuidado, aun en situaciones formales, que ameritan otro comportamiento.

A juicio de los especialistas, la vulgarización y la violencia lingüística constituyen señales de la pérdida de valores y de un relajamiento de la disciplina social que desconoce las formas correctas para cada situación comunicativa.

Al respecto, la Doctora Gregori explica que los orígenes del llevado y traído asunto hay que buscarlos más allá de la palabra. “El lenguaje es también una expresión de conducta. No es solo gramática, sino identidad. Las personas expresan lo que son a través del lenguaje, y si son vulgares se expresan de manera vulgar. Por lo tanto, no es que haya una vulgarización en el lenguaje, sino en una parte de nuestra sociedad.”

Entre los fenómenos sociales que contribuyen a expandir la jerga juvenil encontramos, principalmente, los medios de difusión masiva. La radio y la televisión ponen en boca de sus jóvenes protagonistas frases y palabras que, en cuestiones de segundos, atraviesan fronteras y pegan, sobre todo, entre el público adolescente, el más receptivo.

También, con el surgimiento y propagación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación: Internet, los correos electrónicos, el chateo y los SMS o mensajes de texto de celular a celular, se han producido cambios no solo en la lengua oral, sino, además, en la escrita.

Los jóvenes de hoy, para ahorrar tiempo en esta mensajería instantánea, o para divertirse, acortan las palabras, a veces de tal forma que pueden ser ininteligibles para aquellos no tan jóvenes, por ejemplo tmb (también), xq (porque) y ksa (casa).

Estos mensajes escritos violan con frecuencia las normas ortográficas y muchos expertos consideran que eso contribuye a aumentar las faltas de ortografía, pues se suprime la h, no se utilizan las tildes, ni los signos de puntuación. No hay duda que estas deformaciones favorecen la pobreza léxica y desfiguran la lengua como efecto inmediato.

“Independientemente de la forma que emplean los jóvenes para comunicarse entre ellos, el tratamiento respecto a sus mayores deja mucho que desear”, afirma la Doctora Aurora Camacho.

“En ocasiones, las normas que establece cada sociedad para relacionarse y convivir en armonía como los usos del usted, compañero, señora, doctor, profesor, decir los buenos días, etcétera, son omitidas por los adolescentes.”

Así, no es extraño que, al dirigirse en la calle a una persona mayor, los jóvenes le endilguen un tío o puro a cualquiera, sin reparar en las diferencias intergeneracionales que demandan cierto respeto.

El profesor, investigador y ensayista avileño Félix Flores Varona, considera que el problema surge a partir del momento en que los jóvenes no tienen idea alguna de la existencia y uso de los registros estilísticos. “Hay que tener conciencia de a quién y dónde se le dice ‘acere, qué volá’, para que la expresión no sea rechazada”, reflexiona.

De igual manera sucede en muchas aulas, cuando algunos maestros no reparan en la distancia que los separa de sus alumnos y se dirigen a ellos utilizando la misma jerga que sus estudiantes.

La música que se difunde en fiestas, lugares públicos y centros de recreación influye, asimismo, en la transmisión de la jerga juvenil. Algunos estilos musicales se caracterizan más que otros por el uso de letras groseras, chabacanas, por los gestos que hacen sus intérpretes y, por supuesto, estas letras acompañadas por ritmos pegajosos, contribuyen a extender la grosería y la vulgaridad.

UN RETO DE COMUNICACIÓN
No le faltó razón al etnólogo y antropólogo cubano Don Fernando Ortiz cuando advirtiera que en el lenguaje se “da rienda suelta a los impulsos populares porque son incoercibles y manifestación del genio propio de cada nación (…) Tiene vida y es empeño inútil querer pasmarlo”.

Empero, no por eso debemos permanecer inmunes ante las abusivas transformaciones que se realizan al idioma.

“Desarrollar entre los niños el gusto por la lectura y en los adultos instruidos el interés por la conversación con ellos”, constituye, según el ensayista y crítico literario Ambrosio Fornet, el mejor remedio para evitar el uso indebido del lenguaje.

Discernir los momentos, lugares y utilizar las palabras para expresarnos de manera correcta en cada situación, pueden funcionar, además, como otra alternativa.

La lengua culta, más adecuada para los contextos formales de uso; codificada en gramáticas y ortografías; el léxico que aparece en los diccionarios, el cual se enseña en la escuela, que está en los libros de texto y debe difundirse por los medios de comunicación; el empleado por nuestros escritores y científicos, debe ser socializado.

Depende, pues, de cada uno de nosotros el hacer uso de ese derecho, que no es patrimonio exclusivo de una clase o capa social. Se puede y debe hacerse mejor.

En la transmisión y uso de esta norma, un lugar preponderante lo ocupan la escuela y los maestros, encargados directos de la enseñanza de la lengua materna. Además, los medios de difusión, por su facilidad de acceso a un amplio público, pero, asimismo, la familia y la comunidad.

Retornar a ese básico requisito del lenguaje como “un puente invalorable de entendimiento y cooperación”, según lo definiera Juan Marinello, notable intelectual de nuestro país, es, también, alcanzar nuestra aspiración de nación culta y de pensamiento.

Por tanto, deviene labor de toda la sociedad y no de un reducido grupo, el hacer de este proceso de socialización de la norma culta del habla, un reto de comunicación.

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