UNA AUSENCIA MUY JUSTIFICADA

Por Nora Susana

Dos razones muy poderosas, además de justificadas, me hicieron estar ausente de mis blogs en INTERNET, por eso ahora, en el primario Avila Trocha inserto esta aclaración.

Menciono dos razones, que al explicarlas, quienes en otras ocasiones y ahora de nuevo, visitan este sitio web, sabrán comprender las causas que provocaron el silencio. Primero, el navegador que empleaba no me permitía entrar a WordPress por muchos intentos que hice, y soluciones que traté de hallar.

Luego, al retomar Internet Exploren pude acceder a mis blogs, sin embargo se sumó un nuevo impedimento para publicar con la actualidad necesaria, una queratitis que conllevó a apartarme de la computadora, el televisor y otros agregados a este, por prescripción facultativa, mas hoy, aún sin conocer si estoy curada del todo, retomo Ávila Trocha, y lo hago con un texto aparecido en el periódico Invasor de esta provincia avileña.

Con fecha del 8 de mayo del presente año, aparece dicho trabajo periodístico de la colega Katia Siberia García, con el sugerente título *La cobardía* de Doris Duarte, una patóloga que ha estado la mitad de su vida rodeada de muerte, intentando descifrar las causas del fallecimiento.  

Ahora, luego de varios días de aparecido en el órgano de prensa provincial del Partido en Ciego de Ávila, la incorporo también a mi publicación digital primaria, dado el interés que despertó en mi conocer aspectos de la vida y quehacer laboral de esta mujer que, aunque se interna en los misterios de la muerte, es una fémina sensible y llena de responsabilidades.

Aquí les dejo con la colega Katia Siberia García…

Más de la mitad de su vida, esta patóloga ha estado rodeada de muerte, intentando descifrar las causas del fallecimiento. Así ha vivido, entre autopsias, microscopios y los temores de un humano común Doris, en verdad, se llama Adoración, y antes que patóloga quiso ser pediatra, pero la tarde en que lloró tanto como la madre de aquel niño fallecido supo que no podría. Y maldiciendo aquella cobardía prefirió lidiar con las muertes, sí, pero de seres que antes no le sonrieron, de los que nunca confiaron en ella o vieron en sus ojos la salvación.  

Tiene 63 años. Cree en Dios. No tuvo hijos, ni nunca ha sido mujer de nadie. Levanta su pantalón y deja entrever las huellas de la poliomielitis que la hace cojear disimulada, pero ni así se me antoja una extraña mujer. Mientras hablamos supe que Doris, como le dicen todos en el Hospital Provincial Doctor Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila, aparenta rectitud y frialdad, pero llora en silencio el dolor ajeno que a veces se le vuelve suyo. No puede evitarlo.

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Para nada es ella callada, recluida o mítica. Sin acomodar demasiado las palabras, responde fácil. Y aunque la morgue resulte más impactante que cualquier sala de cuidados intensivos, ella allí ha podido, sin grandes sobresaltos, ser útil a la ciencia que ha defendido por más de 37 años: la patología.

—¿No le asusta la muerte?

—Claro, le temo a la mía, a la de mi madre, a la de los amigos. Es algo triste y desconocido, pero temo más asistir a la muerte como médico porque se crea un vínculo afectivo que yo suelo evitar. He creado una barrera psicológica para poder trabajar porque si no, estaría psiquiátrica. Lo más inconsolable es el duelo de la gente, de los familiares que ni siquiera aceptan la muerte, a veces uno llora sin conocerlos, pues perder a alguien es tan desconsolador, pero nunca me he desequilibrado.

—¿Cómo es su trabajo?

—Nosotros no trabajamos con el cadáver, salvo que en algunas ocasiones debemos observar el hábito externo, las cavidades, los órganos in situ. Generalmente, trabajamos con las vísceras y tomamos muestras de cada órgano, las procesamos en el laboratorio y allí realizamos el estudio histológico. Antes nos leemos la historia clínica para ver las complicaciones, confirmar las causas de muerte o encontrar otras. Con los resultados elaboramos un informe de alto valor para medir la calidad de la atención médica, pues cuando el doctor recibe el resultado de su autopsia y analiza retrospectivamente lo que hizo, lo que creyó que tenía su paciente y lo que realmente ocurrió, aprende.

—¿Alguna vez ha diagnosticado una causa de muerte que se deba, en parte, a un mal proceder médico y comprometa la labor de un colega?

—Errores en el proceder médico, son escasos, casi nulos. Tenemos un comité de evaluación de mortalidad hospitalaria, que justamente yo presido, en el cual se debate cada deceso. Del año pasado, por ejemplo, solo tenemos seis historias, seis casos “comentables” porque la atención médica tuvo algún fallo. Aunque eran muertes inevitables, irreversibles, no se hicieron bien algunas cosas, por ejemplo, un cambio oportuno de antibiótico que hubiese alargado, quizá, la agonía de ese paciente. Pero dentro de las irregularidades lo más frecuente es que no se escribe en la historia todo lo que se hace. También sucede que a veces el médico que cierra la historia clínica y escribe en el certificado de defunción las causas de muerte no es el que ha estado al tanto de toda la evolución del paciente y obvia elementos que después representan una discrepancia entre ellos y nosotros.

—¿No le resulta monótono detectar las causas de muerte, a estas alturas?

—Cuando llegas a los 30 o 40 años en la patología te das cuenta de que vuelves a ser residente, se va modificando la génesis de muchas enfermedades y no podemos analizar las alteraciones morfológicas del mismo modo. La medicina no es una ciencia exacta. Incluso, hay muertes súbitas que uno intenta explicar y no encuentra evidencias en el organismo que demuestren la claridad de los hechos. Es lo que denominamos autopsias blancas.

—¿Cómo convencer a un familiar de aprobar la autopsia del fallecido, cuando muchos la consideran un sacrilegio?

—Existen temores, pero también desconocimiento de la importancia de la autopsia, pues a veces aunque la causa sea evidente, por ejemplo, los pacientes terminales de cáncer, es importante para nosotros ver la evolución de ese cáncer de lo cual podría desprenderse un mejor tratamiento de la enfermedad. La otra razón que aludimos es la conservación del cadáver y la seguridad epidemiológica, sin embargo cuando se pronuncian por un rápido enterramiento quedamos sin argumentos. Hay que referir, no obstante, que en el país esta es una de las provincias donde más se practica este examen.

Para muchos de nuestros colegas somos los curas del hospital o los brujos, por lo que a veces diagnosticamos, como si lo sacáramos de la manga, pero son realidades del paciente enfermo que murió y casi siempre tenemos una explicación para ello.

—¿Qué proceder le resulta a usted más difícil?

—Al principio había un momento en la necropsia que no lograba superar, pero desde hace mucho la autopsia no me resulta difícil. Donde sigo estando más tensa es en las biopsias transoperatorias o por congelación, pues de la veracidad y agilidad en el diagnóstico del patólogo depende el curso que tome la operación y el destino del paciente. Estar consciente de ello supone una enorme responsabilidad.

—¿Cómo es el momento en que informa a los familiares las causas demostradas del fallecimiento?

—Algunos llegan muy inconformes porque consideran que en vida hubo algunas desatenciones, a veces ciertas y a veces no. La gente cree saber mucho de medicina y en ocasiones consideran su caso de gravedad, piden su ingreso en las terapias intensivas, donde hay un equipamiento y un servicio de excelencia, y cuando sus allegados mueren en otras salas tienden a culpar al médico y se niegan, incluso, a la autopsia.

“Cuando las muertes son extra hospitalarias nosotros recibimos un informe muy escueto, en el que se explican los antecedentes, las probables causas, y si no coinciden con las nuestras plantean inconformidad, no aceptan la verdad del diagnóstico y suponen que antes les mintieron o nosotros estamos encubriendo errores de otros colegas. Son situaciones muy difíciles en las que el familiar, por lógica, desconoce complicaciones que se pudieron haber presentado en el transcurso de la enfermedad y que no siempre se manifiestan clínicamente.

La profesora Doris, como muchos la llaman, intercambia con una de los cuatro residentes que hoy se forman en la especialidad. “Pasamos años sin relevo, pero hoy contamos con jóvenes muy preocupados”

“Por ejemplo, el infarto del miocardio no produce alteraciones visibles hasta las 12 horas de evolución. Llega un paciente con dolor en el pecho, de muy poco tiempo de evolución y el electro se muestra normal, recibe un calmante, cede el dolor y se marcha. Si luego muere a causa del infarto la gente cree que lo trataron mal, que no descubrieron lo que tenía. Hasta un dolor en la boca del estómago, como se dice popularmente, puede ser el síntoma inicial de un infarto, en pacientes diabéticos. Un niño con dolor abdominal puede ser la traducción de una neumonía, de la base pulmonar, aun sin tener catarro o fiebre. Son procesos que se obvian por los familiares, aunque, a veces, hasta conscientes de todo lo ocurrido, no aceptan la muerte.”

—¿Lo que más observa usted en sus necropsias?

—Las causas de muerte más frecuentes siguen siendo los accidentes cerebro vasculares, el cáncer, las bronconeumonías y las sepsis en múltiples localizaciones.

—¿En estos 37 años ha vivido alguna situación abrupta?

—Sí, una vez, durante mi etapa de la residencia en Camagüey, un eviscerador me llamaba con insistencia, pues creía que un fallecido estaba vivo. Pensé que era una broma y no lo tomé en cuenta. Sin embargo, cuando me acerqué y vi que aquella mujer respiró, salí disparada para el cuerpo de guardia con la camilla. Luego, serena, comprendí que no debieron auscultarle los latidos bajos del corazón. Supongo que el olor del formol a la entrada de la morgue la reanimó, aunque falleció tres días después y no pudo volver a resucitársele. Poseía un serio problema cardíaco y su corazón había llegado al límite de la resistencia.

—¿Cree en la vida después de la muerte?

—No, de eso nunca se han tenido evidencias.

—¿Y qué evidencias tiene de la existencia de Dios?

—Cuando mis padres perdieron a mi hermano, quedaron tan afligidos que llegué a pensar que no sobrevivirían. Una tía mía de profunda vocación religiosa fue quien logró animarlos a seguir viviendo. Una segunda prueba la tuve en la visita de Juan Pablo II. Una buena amiga, al bajar el Papa del avión, lo miró profundamente y le dijo: “Tú, que estás tan cerca de Dios, intercede para que Doris tenga noticias de Pedro, su único hermano vivo”. Hacía más de cinco años no sabía de él y al día siguiente estaba hablando con un primo que me dio su teléfono. Pueden haber sido coincidencias, pero yo prefiero creer en algo.

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