CRÓNICA PARA UN AMOR AUSENTE

Por Juana Teresa Moya Peña

Hoy es la justa fecha para hablar de ti,
de aquel sol que te acompañaría a otros pueblos,
de aquellas nubes caprichosas hechas y deshechas al azahar
que se te antojó contar la tarde de tu viaje.

Hoy quiero hablar de ti
del amor que me enseñaste a sentir
por las manos endurecidas del obrero,
el brazo pujante del soldado
y la sonrisa de los escolares;
por las horas de ausencia,
tus cartas de prisa,
la estrujada rosa entre las manos párvulas,
el consejo sabio
y el andar de los ríos.

Así supe que el amor crece en el niño
que deposita una flor ante el busto del héroe,
en la anciana
que se mantiene firme y serena en la guardia cederista
y en el callado heroísmo cotidiano de un pueblo.

Por todo ello,
permíteme que viaje con el tiempo
y retenga en el recuerdo de este día
el calor de tus manos
bajo la tenue lluvia de la tarde.

Por cuestiones ajenas a mi voluntad no pude publicar esta crónica el día exacto, o sea, el 14 de febrero, no obstante, ya arreglada mi computadora lo hago ahora, siempre con el refrán que tanto me acompaña. Más vale tarde que nunca.

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