EL NIÑO QUIERE RETORNAR

ORFILIO PELÁEZ

El regreso de El Niño “diabólico”, capaz de manipular a su antojo el estado del tiempo en gran parte del planeta, parece ser cada vez más seguro, según sugieren, al cierre de junio, una cantidad apreciable de los modelos de predicción consultados por especialistas del Centro del Clima del Instituto de Meteorología.

De acuerdo con la propia fuente, la magnitud del mencionado fenómeno, caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del mar en una amplia franja del océano Pacífico Ecuatorial, que se extiende hasta las costas de Sudamérica, podría estar en el rango de débil a moderado durante el último cuatrimestre del 2012, aunque una mejor precisión se tendrá en el venidero mes de agosto.

Hay una estrecha relación entre la aparición de El Niño y la denominada Oscilación del Sur (inversión a gran escala de los centros de altas y bajas presiones sobre el océano Índico y el Pacífico Sur), de ahí que los científicos llamen ENOS a tan complejo proceso de interacción océano-atmósfera.

La presencia del ENOS tiene notables impactos sobre la circulación general de la atmósfera y los patrones estacionales del tiempo, los cuales pueden manifestarse en la ocurrencia de precipitaciones intensas en determinadas regiones del globo terráqueo y sequías extremas en otras, en particular cuando rebasa el umbral de fuerte.

En el caso de Cuba, sus principales efectos son perceptibles en el periodo poco lluvioso, principalmente de enero a abril, etapa del año que entonces resulta ser más pluviosa de lo habitual, y en ocasiones acompañada por un aumento en la frecuencia de tormentas.

Si en definitiva “el terrible infante” se desarrolla en el transcurso del actual verano, ello podría ocasionar en nuestro archipiélago una disminución en los totales de lluvia entre agosto y octubre, con un incremento en las temperaturas.

Asimismo, su aparición suele inhibir el desarrollo de ciclones tropicales en la zona del Atlántico Norte, el golfo de México y el mar Caribe, algo que no sucede en la porción oriental del Pacífico, al este de Centroamérica, y otras cuencas del orbe con actividad ciclónica.

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