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Por Rigoberto Triana Martínez| Viernes, 24 de Febrero de 2012 13:33
Comenzaba el año 1895 y Cuba sufría una economía en deterioro. Las secuelas de la Guerra Grande generaron una dependencia comercial casi absoluta del mercado estadounidense.
Estudios de la época reflejan que Cuba fabricaba el 18 por ciento de la producción mundial de azúcar, y de ese total, más del 90 por ciento iba al consumo del poderoso vecino norteño.
Investigaciones del Doctor en Ciencias Raúl Izquierdo Canosa indican que “los presupuestos eran siempre liquidados con déficit, cuya acumulación había creado una deuda pública de 100 millones de pesos hasta 1895″.
Por esa razón, más del 40 por ciento del presupuesto tenía que dedicarse a la amortización de la deuda. La distribución del 60 por ciento restante abarcaba el 36,6 a los gastos de guerra, la marina, la guardia civil y la policía.
Un servicio vital como la instrucción pública solo contaba 1,34 por ciento del presupuesto, de ahí que más de las tres cuartas partes los habitantes eran analfabetos. En 1894, el 10 por ciento de la población escolar recibía enseñanza del Estado y más de 91 000 personas vivían como parásitos del Estado. Para colmo de males, los cubanos no tenían acceso a los empleos públicos ni se podían dedicar al comercio.
HAY QUE PRENDER LA LLAMA
No puede haber desarrollo cuando las masas están atadas de pies y manos, y a esa conclusión llegaron los criollos de pensamiento más avanzado en los últimos años del siglo XIX cubano.
José Martí, quien se convertiría en el Apóstol de la Independencia de Cuba, marcó la senda del reinicio de las luchas libertarias el 24 de febrero de 1895, guerra que daba continuidad al proceso revolucionario iniciado por Carlos Manuel de Céspedes, el 10 de octubre de 1868, en el ingenio Demajagua, ubicado en el oriente de Cuba.
El nuevo líder había estudiado las causas y factores que ocasionaron el fracaso en los primeros 10 años de lucha. Como resultado se dedicó a dar solución a los principales problemas confrontados y concibió las concepciones políticas y estratégicas que sirvieron de base a la guerra de 1895.
Este hombre clave de la llamada guerra necesaria, marcó pautas para posteriores luchas al fundar el Partido Revolucionario Cubano el 10 de marzo de 1892, que permitió organizar, preparar la lucha y, al mismo tiempo, fomentar y auxiliar a la independencia de Puerto Rico.
Derrocar al poder español demandaba una gesta titánica. Los colonialistas contaban con un ejército regular de entre 15 000 y 16 000 efectivos, reforzado en marzo de 1895 con unos 8 300 hombres.
A esa elevada cifra de rivales se sumaban el Cuerpo de Voluntarios, la Guardia Civil y fuerzas paramilitares, que representaban una correlación de seis o siete defensores de la corona española por un mambí.
Por cierto, datos estimados indican que los insurrectos oscilaban entre 3 000 y 4 000 efectivos en toda la Isla, mal armados y carentes de una adecuada organización y preparación militar.
Pero la guerra surgió a partir del llamado Grito de Baire, el 24 de febrero de 1895, y se prolongó cerca de tres y medio años. Y bastante atención le prestó España al suceso que marcaría el fin de sus colonias.
Asegura Izquierdo Canosa que en los momentos de mayor tensión, por la parte española participaron 250 000 hombres de su ejército regular, dirigidos por más de 40 experimentados generales, cerca de 700 jefes y unos 6 300 oficiales; así como también el Cuerpo de Voluntarios, los guerrilleros, y otras tropas auxiliares al servicio de la metrópoli, calculados en más de 80 000 hombres.
A diferencia de las anteriores, esta contienda se extendió por todo el país. Los efectos devastadores y rigores de la misma afectaron a todos los territorios. En Occidente, o sea, Las Villas, Matanzas, La Habana y Pinar del Río, se concentraba el 74 por ciento de la población y el 80 de las riquezas, que resultaron dañadas.
La tristemente célebre reconcentración, promovida por el Capitán General español Valeriano Weiler y Nicolau, legó efectos terribles en la población y la economía: lo peor, la muerte de más de 200 000 personas, en su mayoría niños, ancianos y mujeres.
Por más que intentó España liquidar la efervescencia revolucionaria, no logró el propósito, y la base económica que sustentaba el mantenimiento del régimen colonial fue desarticulada, las producciones de azúcar, tabaco y otros productos agrícolas quedaron en ruinas.
Era insostenible para la metrópoli preservar la colonia, y en ello resultó crucial el protagonismo del Ejército Libertador, que llegó a contar 40 000 soldados en sus filas, además de poseer más armas y municiones, junto a una estructura y organización militares más amplias y flexibles.
Pero la contundencia de numerosas victorias militares no bastó. El deseo de lograr la independencia quebró ante la intervención oportunista Estados Unidos en el conflicto, justo a la hora en que la balanza de la guerra se inclinaba a favor de los cubanos.
Más de 30 años de lucha sostuvieron los independentistas para eliminar el colonialismo hispano. El resultado final devino frustración de los ideales independentistas que años después serían enarbolados por nuevas generaciones de mambises hasta lograr el triunfo definitivo, en enero de 1959.
Han pasado 117 años del comienzo de una etapa que indicó la necesidad de seguir la lucha ante la independencia engañosa que legó la intervención norteamericana, mas la historia reservó para el 24 de febrero de 1895 un lugar privilegiado, indicativo de que no puede haber pausa cuando el pueblo sufre.
El propio Martí reseñó la trascendencia de aquel momento: “Yara, Bayamo y Baire, Cuba algún día tendrá en cuenta sus hazañas y sus hombres, la Patria está en deuda con pueblos tan generosos. Si México tuvo su Dolores, Cuba tiene su Baire.”